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BASURA Y MASIFICACIÓN EN EL TECHO DEL MUNDO

 

Plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro, ir al Machu Pichu o escalar el Everest, estas son solo unas pinceladas de esas “cosas que hacer una vez en la vida” tan populares y de las que tanto se habla en reuniones de amigos, cosas que ves muy apetecibles y a la vez lejanas, por la dificultad, el coste económico o simple pereza…

La cuestión es que muchas de estas cosas, son tan populares que muchos se han lanzado a la aventura de conseguirlas, por lo menos una vez en la vida, cueste el dinero que cueste, sin reparar en las consecuencias ni el impacto que esas acciones puedan significar en el sostenimiento del ecosistema, por ejemplo el Everest.

La imagen del campo base del Everest, a más de 5.300 metros de altura, llama la atención por sí sola. En plena temporada alta, la masificación provoca situaciones inéditas: filas de personas, subiendo una detrás de otra, la mayoría sin ninguna experiencia en montañismo de alto nivel, se “van de excursión” al Everest pagando un dineral sin ninguna conciencia sobre impacto que su basura provoca en el medio ambiente.

Imágenes que denuncian que la montaña más alta del mundo se ha convertido en un destino turístico, caro y peligroso, porque muchos visitantes no están preparados.

El deporte queda en un segundo plano. La aventura y la superación humana se ha transformado en un parque de atracciones. El ser humano deja su rastro hasta en el techo del mundo. Tiendas fluorescentes, material de escalada, botellas de oxígeno vacías e incluso excrementos. Un alpinista que pensaba encontrar una nieve inmaculada en el Everest puede llevarse una sorpresa desagradable.

Desde la emergencia de las expediciones comerciales en los años 1990, se ha disparado el número de personas que escalaron la montaña de 8.848 metros de altitud. Pero esa popularidad tiene consecuencias. Los montañeros, que gastan mucho dinero para realizar el ascenso emblemático, prestan a veces poca atención a su huella ecológica. Y poco a poco, cordada tras cordada, los residuos van salpicando el Everest.

Las autoridades tomaron sin embargo medidas para impedir la contaminación. Desde hace cinco años, Nepal pide una fianza de 4.000 dólares por expedición, que reembolsa si cada alpinista del grupo baja al menos ocho kilos de desechos. En el lado tibetano de la montaña, menos frecuentado, las autoridades exigen la misma cantidad e infligen una multa de 100 dólares por kilo faltante.

En 2017, se recuperaron cerca de 25 toneladas de desechos sólidos y 15 toneladas de residuos humanos, según el Sagarmatha Pollution Control Committee (SPCC). Y esta temporada se han bajado unas cantidades aún más elevadas, aunque siguen representando un ínfima parte de la contaminación generada. Solo la mitad de los alpinistas recupera las cantidades de residuos exigidas, según el SPCC. La pérdida de la fianza representa en efecto una suma ridícula en comparación con las decenas de miles de dólares que gasta cada montañero para una expedición en el Everest.

El problema principal es la dejadez de los visitantes, a la que se suma el hecho de que algunos responsables oficiales cierren los ojos a cambio de un pequeño soborno. La guerra de precios entre los distintos operadores ha convertido el Everest en un destino más asequible para cada vez más alpinistas inexpertos. Las expediciones más baratas pueden costar "solamente" 20.000 dólares, muy por debajo de los cerca de 70.000 que se paga por las más famosas.

La llegada de personas menos acostumbradas a la alta montaña agrava el problema de la contaminación. Antes, los alpinistas llevaban ellos mismos la mayor parte de su material, pero muchos neófitos no logran hacerlo hoy en día. Los sherpas deben llevar el material del cliente, así que ya no pueden bajar la basura.

Los defensores del medio ambiente temen además que la contaminación del Everest afecte los ríos del valle situado más abajo. En la actualidad, los excrementos de los alpinistas del campo base se transportan hasta el pueblo más cercano, a una hora a pie, donde se tiran en zanjas y Luego son arrastrados río abajo durante el monzón, llegando a los acuíferos.

Ang Tsering Sherpa, expresidente de la Asociación de Alpinismo de Nepal, cree que una de las soluciones podría ser crear equipos dedicados únicamente a la recogida de desechos. Su operador, Asian Trekking, que insiste en el lado ecológico de sus expediciones, recogió 18 toneladas de residuos en la última década, además de los ocho kilos por miembro de la expedición. "No es un trabajo sencillo", dice Ang Tsering Sherpa. "El gobierno debe motivar grupos para limpiar y aplicar las reglas de forma más estricta".





Fuentes: www.elpais.com, www.elmundo.es, www.lasextanoticias.es





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